Memorias de
EL DURANGO QUE CONOCÍ…
Capítulo 1.- El barrio, la calle, la casa.
Los primeros recuerdos que me
vienen a la mente cada vez que pienso en la ciudad en la que crecí, me formé,
y que aun al pasar de los años sigo teniendo presentes muy dentro de mi memoria
y del corazón, son del entorno cotidiano en que me desenvolví en la infancia y buena
parte de mi juventud; mi calle, que seguramente resulte ser familiar a la de
muchos otros que hayamos habitado en las calles de la zona centro de la ciudad
de Durango de los años 70´s.
La “manzana” en donde se ubicaba
la vivienda ocupada por mi familia, estaba conformada por lotes que hoy día
serían impensables para una familia de tipo medio; de 8 a 10 metros de frente
con algunas variantes de menores o mayores dimensiones y de 15 a 20 metros de
fondo. En general, las fachadas lucían ordenadas y homogéneas, observaban una
misma altura (también altas para los estándares actuales de más
o menos cuatro metros de altura y de estilo arquitectónico de herencia
novohispana pero más bien tendiente al estilo vernácula[1].
Los materiales de las edificaciones tampoco variaban mucho; los muros de adobe
de aproximadamente 40 centímetros de espesor, con aplanado de estuco a base de
cal y pintadas de igual manera a la cal.
El paisaje urbano, aunque como ya
mencioné no presentaba muchas variaciones pues estaba constituido en su mayoría
por viviendas unifamiliares, de un solo nivel, también incluía otras edificaciones que
acompañaban la actividad habitacional y que mas delante describiré con mayor
profundidad. Decía pues, el paisaje urbano, de sencilla lectura, pero de gran
memorabilidad, lo caracterizaban muros altos, cerrados y pesados, impermeables a la calle
y que solamente se abrían al transeúnte de manera repetitiva y rítmica por los
pequeños “vanos”[2] formados
por las puertas y ventanas, en donde estas últimas se sucedían de vivienda en
vivienda por grupos de 2 y en ocasiones solamente una, interrumpidas por las
puertas de madera y delimitadas en algunos casos por marcos de cantera macizos (hoy
día solo se recubren los castillos de concreto por lo costoso que resulta).
Los paramentos o muros perimetrales de las casas del Centro Histórico de la ciudad, al menos en ese entonces, eran todos alineados al límite del predio o "apañados" como también se conoce en el argot arquitectónico, a la usanza de las ciudades coloniales o los pueblos tradicionales de nuestro país, además de que cada vivienda se encuentra adosada a la de al lado en sus dos extremos, condición que ha prevalecido en nuevos desarrollos o fraccionamientos de la época actual y que solo en algunos entornos habitacionales de sectores socio económicos privilegiados (denominados de mala forma "residenciales"), se pueden dar el lujo de tener viviendas separadas y desplantadas al centro del predio a la usanza norteamericana.
Ese paisaje que tan familiar me era
en esa época e incluso llegué a pensar que así era toda la ciudad en mi
infancia temprana, fue modificándose paulatinamente con el paso de los años al
cobijo de las autoridades y del desconocimiento de los propios moradores acerca del valor que hoy
tendría una edificación auténtica y genuina en el Centro Histórico, no solo
económico sino también histórico y cultural. Poco a poco, aquellos grandes
muros fueron siendo demolidos y sustituidos por grandes portones para resguardar
el vehículo que anteriormente no formaba parte de los bienes materiales familiares y que comenzaron a hacer "mella", al menos en mi entorno a mediados de los años 70´s.
Las modificaciones que se iban haciendo
a las fachadas en principio, eran todas ellas sin ningún criterio, norma o
regulación por parte de las autoridades en la materia y mucho menos se contaba
con licencia municipal para tal efecto, ¿había que tener una licencia acaso?..., nadie decía
nada, entonces la mayoría suponía que no, por tanto, esta acción se hizo muy
común prevaleciendo únicamente el criterio del "ingenio" o creatividad del morador y el
presupuesto en turno, teniendo como resultado soluciones catastróficas a la anteriormente
pintoresca y armoniosa imagen urbana de los barrios tradicionales.
[1] El estilo arquitectónico vernácula proviene
de “vernaculus”, que se
utilizaba para referirse a todo aquello referente a un país (Pérez
Porto & Merino, 2014)